febrero 25, 2024

En defensa del relato y de la política concreta

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En el reciente reportaje concedido al periodista Tomás Rebord, el presidente Fernández volvió a establecer sus diferencias con la idea del “relato político”, sobre la base de una contradicción de éste con “la verdad”. En otro momento, aún antes de ser elegido presidente, había expresado su opinión contraria a que en la televisión pública hubiera programas de “propaganda política”, otro modo de negación del “relato”. El problema de esa negación es que, en última instancia, no hay política sin relato; es decir, ningún hecho se constituye como hecho político si no está inscripto en un relato, si no se lo enmarca en una imagen del mundo y en una imagen del propio país. La historia de una nación no puede reconstruirse desde una suerte de vacío histórico, como si fuera una sucesión caótica de acontecimientos en la que ninguna acción correspondiera a una interpretación que los protagonistas tuvieran del mundo. Hagamos la prueba con la historia de la patria, con las guerras mundiales, con el origen de la democracia, con lo que cada uno elija como la prueba más completa.

¿Cómo juzgar la (no) solución del problema de la empresa Vicentín, la deuda contraída por el gobierno de Macri, el rol del FMI, la guerra en Ucrania, si no es desde una perspectiva específica, como expresión de visiones del mundo en disputa? En auxilio de esa negación, el presidente acude a la contraposición entre demócratas y autoritarios: la pasión del relato pertenecería a una concepción personalista y no democrática de la política, a una necesidad particular del ocasional líder; sería “innecesaria” para una mirada “democrática” que, de este modo, consistiría en que los hechos que produce la política se legitimen “por sí mismos”. Pues bien, la palabra “democracia” podría servir de ejemplo para refutar esa mira “anti-relato”: la democracia tiene una historia cargada de narrativas que la sustentan o que la combaten. Para los países rectores del mundo “del Atlántico” (Estados Unidos a su cabeza), países democráticos son los que se alínean con la defensa del mercado como valor central de la convivencia humana. La competencia, la acumulación privada, la suerte individual -reservada a los “más aptos”- constituyen la esencia de la democracia; los estados pueden hacer cualquier cosa menos oponerse a estos “mandatos naturales”. En consecuencia, solamente merecen llamarse democracias las democracias “de mercado”. En realidad, el concepto mundialmente hegemónico de la democracia está cada vez más enmarcado de modo todavía más estricto: solamente son democracias los regímenes de los países que aceptan compartir las perspectivas de la política exterior del llamado “mundo atlántico”, o sea de Estados Unidos y de sus aliados.

Relato no es sinónimo de manipulación o de mentira. Relato es una cierta cosmovisión, un orden conceptual que permite orientarse en el mundo de la política, de acuerdo a cierto conjunto de valores que se definen principales. ¿Principales para quiénes? Para quienes participan en las prácticas de un relato político concreto. En el ejemplo más característico de nuestra experiencia nacional, el peronismo ha sido el relato hegemónico entre los trabajadores y el pueblo. De ese modo, relato es una memoria. Es un modo de partir las aguas en el interior de una nación democrática, entre “mayorías populares” y “minorías oligárquicas”, identidades que claramente no son conceptos de naturaleza estadística (de otro modo el peronismo no habría perdido elecciones) sino estrategias de diferenciación política. Que no sean estadísticas no significa que naveguen en el vacío: cualquier tensión política tiene que dar cuenta de un concepto de justicia. Tiene que sostenerse en “la masa” o en las élites meritocráticas: para decirlo en las palabras de Maquiavelo (sin duda autor de un “relato” de potencia política inigualable) “los grandes” o “el pueblo”. Tal vez por esos atrevimientos es que se creó la leyenda negra del florentino, según la cual ser maquiavélico equivale a ser mentiroso.

En política, la verdad es, según Nietzsche, la chispa que surge del choque de dos espadas. Es decir, no puede decidirse el resultado de la batalla por medio de una discusión con pretensión racional. Justamente, el relato es un arma fundamental de la batalla. Si esto es así, entonces el desprecio por el relato equivale a una pérdida de posibilidades de triunfo. Si el relato dejara de decir “patria libre, justa y soberana” le cedería el lugar a quienes dicen que el estado es el robo organizado y el ideal nacional es el libre juego de la competencia sin ningún límite que pudiera establecer la compasión. Claro que además del relato está la verdad. Y la verdad no es lo contrario de la opinión, es lo contrario de la mentira. ¿Tiene derecho el político a la mentira para defender una causa que considera justa? “Siempre que pueda”, decía Maquiavelo, “debe decir la verdad y ejercer el bien”. ¿Significa eso la renuncia a la moral? No, significa que “el príncipe”, el hombre de la historia, tiene -llegado el caso- que vulnerar su propia moral en aras de la defensa del estado. Ese sacrificio de la propia conciencia íntima es lo que distingue a los grandes hombres de la historia. Nuestro general San Martín esparcía noticias falsas entre sus adversarios realistas; eso habla de su estatura moral.

A esta altura es conveniente matizar estos argumentos. Toda causa política demanda un relato. Pero el relato no puede ser usado como ocultamiento ni mucho menos como auto-ocultamiento. Frente a los hechos políticos -siempre cambiantes, siempre aleatorios- no puede blandirse el relato como forma mágica de resolver problemas nuevos. Y la política es siempre “problemas nuevos”: las situaciones no se repiten, lo inesperado está siempre presente en la acción política. Por eso, el relato no puede consagrar un modo de comportamiento que acaso haya sido el adecuado en algún momento como un patrón eterno, siempre igual a sí mismo, como un reservorio de frases que refuerzan la propia vanidad (o la propia pertenencia). La política es siempre -decía Lenin- “análisis concreto de la realidad concreta”. Es siempre una tentación encontrar la cita de una intervención de un líder, hecha en momentos necesariamente diferentes, para justificar una determinada posición política presente. Es en ese punto que el “relato” deja de ser una guía flexible y amplia para orientarse en el presente para ser una invocación sectaria e inoportuna.

Cualquier parecido que pueda encontrarse entre estas reflexiones y la realidad política del frente de todos es completamente intencional. En la opinión de quien escribe, esto está ocurriendo entre nosotros. Están quienes niegan el relato porque lo oponen a “la verdad”. Y también están quienes repiten verdades consagradas en otros tiempos y en otras circunstancias para que su actual posición cuente con el invalorable sostén de la experiencia hecha en los que fueron los mejores años de la política argentina contemporánea. Lo mejor para el país será que estemos en condiciones de hacer un análisis concreto de la realidad concreta. Es mucho lo que se juega.

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